¿Somos hacedores de nuestro destino?

¿Pre-determinación o libre albedrío?

¿Somos un producto? ¿O los productores?

¿Nuestros valores, creencias, juicios y prejuicios se han originado en nuestro cerebro, o en otro espacio?

¿Estamos hechos a imagen y semejanza de quién? … ¿O, de qué?

¿Somos, acaso, nuestros propios arquitectos?

¿Pensamos, o nos piensan?

… Esa es la cuestión.

 

 

Somos un producto

 


 

Muchas preguntas, ¿verdad? Si al final, la única manera de conocernos es preguntándonos.

 

Considero que lo que nos hace cada vez más humanos es nuestra capacidad de análisis. La consciencia es el motor de nuestra evolución, y todo lo que yo pueda escribir, o decir, es solo un punto de partida para que te cuestiones algo. Mi objetivo no es que pienses como yo, sino que, a partir de un planteamiento, construyas tu propio criterio acerca de ti en relación a tu entorno.

 

Hoy voy a partir de un punto crítico: un paso antes de nuestras acciones. Porque, la única manera para invertir las cosas es anticiparnos a lo que hacemos por inercia. La palabra emoción viene del latín, deriva del verbo emovere (mover-trasladar), y esto la posiciona en el umbral del mundo interior/exterior. Su funcionamiento nos impulsa a la creación. Hay mucho debate acerca de si es primero el pensamiento o la emoción, pero de lo que sí no hay duda es que la situación que estamos viviendo se conforma de tres grandes fuerzas: el pensamiento, la emoción y la acción; pero, ¿existe algo más? ¿Esta triada sagrada está sujeta a algún otro potencial? Porque nos creemos libres pero seguimos sin hacer ni un paso más fuera de este redil gigante tan bien estudiado, y programado.

 

¿Programado? ¿Dije eso? ¿Y si hay un programa por encima de nuestros cerebros, entonces deberá haber un programador? Digo yo. Llegamos siempre a la conclusión de que hay una estructura a la que estamos atados. Con lo cual, si estamos sujetos a algo superior a nuestras consciencias, no somos libres. Y si todas las experiencias que nos conforman son acontecimientos previstos (y no precisamente por nosotros), entonces, ¿qué nos queda?

 

Como si una cierta entidad, o entidades, hubiesen manipulado las leyes metafísicas de la creación a su favor, y se hayan impuesto justo allí: un escalafón antes de que estas tres potencialidades creadoras entraran en comunión. Son muchos los estudios que nos llegan de este fenómeno. Fue nombrado por primera vez en el mundo oriental con el concepto del Maya que hace un viaje hasta llegar al mismo Platón que reafirma esta idea con las «sombras de la caverna». Los incas también conocían su existencia, la llamaron Kay Pacha. El mismo Castaneda*, en su estudio tolteca, habla mucho acerca de esta ilusión que llamamos realidad; capaz de hacer que vivamos dormidos, sumidos en un largo sueño… o pesadilla.

 

Para que este programa pueda inmiscuirse en todos los recovecos sociales y así impregnar nuestros cuerpos hasta la captura de las almas, las instituciones, al unísono, establecen normas que regulan nuestra ética y moral, se arremangan y entran al trapo.

 

La educación, sin hacerse esperar, nos machaca con la tan famosa consigna de «formar fila y tomar distancia». Así vamos entrando en esta dualidad que tiene nuestro Maya que hace que nos percibamos separados de todo lo que nos rodea y que se caracteriza por este principio binario del bien y el mal, tan mencionado, por cierto, en las religiones, y que se repite, como no podía ser menos, en los distintos cuentos y mitos que transmitimos de generación en generación 

 

Para concretar este concepto acerca de la irrealidad de nuestra realidad es importante partir de la idea de que esta programación no sería posible sin LA DUALIDAD: vos/ yo – bueno/ malo – vida/ muerte – rico/ pobre – psique/ soma – feminismo/ machismo, premios/castigos, por mencionar solo un puñado de caras de una misma moneda.

 

El programa es una suerte de software que es introducido a nuestro impresionante ordenador: el cerebro; y, como todo programa, necesita de códigos para su funcionamiento. Estos códigos culturales son, por ejemplo, la monogamia, la heterosexualidad, encubrirse el cuerpo o su cosificación, la familia, los estatus, el dinero, la sensación perpetua de escasez y una lista interminable. Estos códigos, de esta manera, se incorporan a nuestros hábitos, y ya luego queda practicarlos hasta la automatización.

 

Una vez fomentadas nuestras necesidades, la competencia y nuestras inseguridades, la mesa está servida. Tras esto, el mercado entra a escena para rescatarnos. Pasamos a trabajar (y esto lo imploramos) más horas de las que tiene el día y, curiosamente, siempre estamos endeudados. Hubo un tiempo que no se pagaba por ser esclavo, ya después fueron actualizando el programa.

 

Siempre aparece algún virus que nos obliga al reset; y quien no se actualice será señalado como un error del software y será castigado. Nos custodiamos entre nosotros, somos muy pastoriles; y si la cosa se agrava, interviene la seguridad pública, quiero decir, el control del público.  La seguridad existe por nosotros, y no para.

 

Claro que, antes de llegar a últimas instancias, intentarán reducir todos los márgenes con la estrategia de la distracción. Fíjate que no trascendemos las fronteras mentales del dinero y del sexo. Nos distraen con sucedáneos de estas necesidades tan básicas de nuestras supervivencias para que siempre experimentemos escasez. Que nunca nada sea suficiente. Y así «vivimos»: Caminamos hacia no sé dónde, como el burro, detrás de una zanahoria que nunca se alcanza.

 


 

Y, ¿por qué no nos controlan a la fuerza, si es más práctico?

 

Pues, no lo es. La fuerza solo será usada cuando ya nada funcione. Es sabido su ineficacia a largo plazo. Si tienes ganado, ¿lo domesticas o lo suprimes? 

 

Y para ello, el lenguaje: una suerte de cerco mediante el cual podrán mantener aquello que necesitan controlar. Por eso es que, primero, nos manipularán con la distracción, cuyo pilar que la sostiene es la palabra… Ahora bien, ¿cómo lo hacen?

 

 

Somos un producto

De la serie “Sexualidad, mecanismos de Control Social” de Diego Herranz Velázquez. Poemas, Caligrama. 25×18 cm. 2012


 

El lenguaje es un ejercicio de poder ya que ejerce un control sobre los individuos. Se encarga de nombrar aquellos conceptos que son necesarios para la estructuración del pensamiento, y recordemos que el pensamiento es una de las tres grandes fuerzas creadoras. Sin él no aparecerá la emoción y, mucho menos, el obrar en consecuencia. Es una especie de tecnología de control, y creación, puesta al servicio de intereses ajenos.

 


 

¿Y si usamos el poder del lenguaje en pos a nuestros intereses?

 

Luego de convertirnos en un compendio de códigos basados en un sistema de pensamiento único*, nos desvían la atención de lo que verdaderamente importa con sobreinformación que siempre es contradictoria. Nunca tendremos una opinión formada de nada. Lo que antes era amor hoy puede ser maltrato psicológico. Nos venden un concepto y luego lo tergiversan. Nos resetean continuamente, y así nos hacen: vuelta y vuelta.

 

Nos mantienen todo el tiempo ocupados, entre el trabajo y el ocio. Tenemos que trabajar para después gastarlo (en lo que sea). Pensar, ¿para qué? Eso trae problemas. Y, justamente, lo que los trae es nunca analizar nuestros sentimientos, pensamientos y obras. ¿Somos conscientes? ¿Realmente lo crees? No se trata de ser un experto y saber acerca de una materia, sino que se trata de saber acerca de nosotros: nuestra propia materia.

 


 

Crean problemas para después sacar de la manga soluciones que casualmente les beneficia a ellos. El «Problema-Reacción-Solución» del que ya nos habló Chomsky*, como también Hegel con su dialéctica, Carlos Marx y tantos otros.

 

Pero no vamos a ocuparnos de quienes son estos ingenieros, ni para quienes trabajan. No hago periodismo, solo intento que te cuestiones algo. De lo que se trata es de debatir si nos estamos haciendo, o nos están haciendo. Y lo más ridículo de todo esto es que nos matamos por ser los modelos de este circo y competimos por no sernos. Nos disfrazamos con patéticos trajes de moda, acarreando el peso de trofeos inútiles que nos agotan. Posamos en un escaparate, estrecho y, a pesar de su tamaño, nos perdemos. Muy curioso.

 

Los mandatos nos saturan con ropas estrechas que nos aprietan y nuestra piel no respira. Caminamos como anoréxicos nerviosos sobre una pasarela para que alguien nos elija. Así nos meneamos, como la pescadilla que se muerde la cola, de un punto a otro sin ton ni son, sobre una alfombra angosta, que nos oprime, que no nos deja. Lo único que nos queda es consumir y ser consumidos. Estar a la altura y cotizarnos. Entonces, acumulamos amores, pasiones, dinero, relaciones, títulos, movidas, y las contamos. Nos enumeramos. Todo tiene un precio. Y nos dividimos. Y así la resta.

 


 

 ¿Y vos?,

¿vas a seguir contabilizándolo todo?

¿Ya tienes número de serie?

¿Cuántas ovejas van saltando la cerca?

¿De verdad la saltaron?

¿Quieres dormir?

… ¿Hasta cuándo?

 


Autor del mural: Des-Ordes- Fotografía de la ilustración de portada

Murales de la aldea gallega Órdenes.