El Chivo expiatorio
 

El Yom Kipur es la conmemoración​ judía del Día de la Expiación. En los tiempos del Antiguo Testamento, los judíos, en esta fecha, hacían un ritual en el cual dos machos cabríos, elegidos al azar, eran sometidos. Uno de ellos (para Yahvé) era sacrificado por el sumo sacerdote para limpiar los pecados del pueblo; mientras que, el otro, para Azazel (cargado de las culpas de los hebreos) era abandonado en el desierto. Éste último se conoce como «el chivo expiatorio».

 


 

El mecanismo del Chivo Expiatorio es una dinámica por la cual el grupo se libera de la tensión atacando a alguien. Sobre todo en épocas de crisis, pobreza o de guerras, cuando los odios y los miedos se propagan de forma viral. Es la misma colectividad la que necesita encontrar culpables para poder tirar la mierda que consumen.

 

Los babuinos, unos de los primates más sociales, usan este método para reconciliarse entre ellos. Lo que hacen es que cuando se enojan, solucionan sus problemas redirigiendo la cólera hacia un tercer personaje, ajeno a su historia, que generalmente está solo e indefenso.

 

El Pharmakos de la antigua Grecia era una víctima puesta al servicio del pueblo para exorcizar las tensiones. En Atenas, este ritual se celebraba todos los años, coincidencia o no, en los aniversarios del nacimiento de Sócrates. El mismo Platón, muchas veces, en sus diálogos se refirió a él como pharmakeus. Con el sacrificio (más tarde el destierro) se purgaba la comunidad.

 

Pharmakos procede de pharmakón, y significa lo que enferma y su remedio. Lo que condena, y lo que libera. Esta ambivalencia se hacía ritual utilizando a dos víctimas que eran dirigidas en procesión por la ciudad. Se los humillaba, insultaba, se los golpeaba, para luego, entre todos, lapidarlos. Finalmente, eran quemados y sus cenizas esparcidas festivamente en las calles del pueblo. Tener una deformidad física era crucial, al igual que ser huérfano o pobre.

 

Desde tribus ancestrales hasta hoy, no es la culpa (o responsabilidad si queremos llamarle) la causa del linchamiento, sino, el señalamiento; quiero decir: no hace falta hacer nada, si el grupo te señala ya está dictaminada tu condena. La condena consiste en la acusación, nada más. No es de extrañarnos los juicios que son resueltos por un jurado popular, que no conoce la verdad y, sin embargo, la juzga. Hay una tendencia muy incrustada a la naturaleza humana de redirigir la agresividad hacia cualquier persona, aleatoriamente; señalarlo, y así, transformarlo inmediatamente en culpable. Nuestro pasado antropológico de cazadores hace que experimentemos placer cercando a una presa. Hoy, en occidente, lo hacemos con el cotilleo, la discriminación, las calumnias hasta llegar al bullying o mobbing. Y estos no son males menores, muchas víctimas se suicidan.

 

Siempre las tensiones internas del grupo que tanto amenazan con romper el orden social fueron canalizadas con este mecanismo expiatorio que varía según la cultura y las épocas. En algunas tribus de África, estos chivos eran elegidos entre la monarquía (léase «La violencia y lo sagrado»). El rey africano, o el pharmako ateniense mutilado, tienen un denominador común: se trata de elegir a un individuo con un estatus diferente del de la mayoría a modo de asegurar el orden y la identidad.

 

Esta Caza de Brujas, tan arraigada a nuestro inconsciente colectivo, es aprovechada, de paso, para dar mensajes ejemplificadores. No se trata solo de purgar, sino de adoctrinar. Es por eso que, el a-normal, seguramente haya comprado todos los números de este sorteo.

 


 

El Chivo expiatorio

 


 

Llegamos a la conclusión que la característica principal que tiene todo chivo es la diferencia. Ser distintos a «lo correcto” nos convierte en blanco fácil. El padecimiento que sufre la víctima propiciatoria no solo la lleva al suicidio en muchísimas ocasiones, sino a enfermedades somáticas, a la tristeza, desazón, depresión, creencias falsas, hasta la locura, que cabalga al unísono con la soledad.

 

Muchas Cabezas de Turco realmente creen que tienen la culpa, que merecen ser tratadas así. Otras simplemente son conscientes de la crueldad del otro y, sin embargo, se preguntan una y otra vez qué podrían cambiar, qué estrategia seguir para encajar. Y esto mismo suele ser muy peligroso. ¿A ver qué hacen con el poder estos desfavorecidos? No vaya a ser cosa que lo redirijan hacia otros para purgarse. Y yendo un poco más allá, otros ya no quieren encajar, pero sí pasar desapercibidos. Que los dejen en paz. Y es triste. ¿Por qué tenemos que conformarnos con la desaparición si somos los protagonistas de nuestras vidas? Una suerte de deseo por mantenernos al margen, como observadores pasivos de una historia que es la nuestra y, a la vez, nos discrimina. Nos discriminamos.

 


 

Siempre pienso que el bullying es un buen ejemplo. No es que sea algo exclusivo de la infancia, sino que los niños también necesitan expurgar las agresiones a la que están sometidos. Todo lo que entra, sale; y, esta violencia es solo un reflejo de lo que ellos padecen. De pequeños es muy obvio y, luego, se va puliendo la técnica. Nos enseñan las leyes de la selva, a ser políticamente correctos, y ya después nos vamos camuflando, nos transformamos en agresores encubiertos; porque es matar o morir, se trata de protegernos. Así hemos sido domesticados.

 

Y es verdad que estas dinámicas pasaron a formar parte de nuestra naturaleza, pero, ¿es la naturaleza algo inamovible? ¿No necesita lo natural del cambio para su evolución? Como dice Nietzsche en «Así hablaba Zaratustra*»: El hombre es algo que debe ser superado. ¿Queréis volver al animal en lugar de superar al hombre? (…) Frente a la luz de lo que podríamos ser, lo que somos es algo irrisorio. Nos estamos comportando como un mono imitador.

 

El primer error del chivo expiatorio es ceder y convertirse en cómplice de esta tortura. Porque es cruel, sádica, y aun así, la apoyamos. Al evadirnos, o alejarnos, ya nos estamos poniendo en el lugar del perseguido. Pero, ¿qué se puede hacer? ¿Ser como el conjunto del rebaño?

 


 

El Chivo expiatorio

 


 

No. Y este no es rotundo. Este sería el más grande de los fallos, y no por moralidad, es por algo mucho más profundo: Implicaría retroceder en nuestra ascensión espiritual. Involucionar. Realmente creo que los verdugos: los pastores de este sistema, están muchas vidas atrás, rezagados, y actuar como ellos nos lleva a descender a un lugar que continuamente intenta que sigamos adelante, con lo cual, estaremos donde estamos tarde o temprano.

 

Y, aun así, ¿debemos conformarnos con el lugar que ocupamos como chivo?

 


 

El Chivo expiatorio

 


 

Bernard Shaw decía que las modas son epidemias inducidas. Y no hay nada más mimético que la violencia, el odio une más que el amor, los nazis lo sabían. La ponzoña causa adicción y es terriblemente contagiosa.

 

Gracias a estos chivos, a veces llamados ovejas negras, se han fundado importantes ciudades, imperios y culturas. Y me pregunto: ¿sobre estos pilares de cazas de brujas y crucifixiones, realmente nos relajamos? ¿Purgamos el dolor y el miedo? ¿Y si el dolor y el miedo son inventados? ¿Y si en lugar del odio usamos el amor para unirnos? ¿Y en vez de señalar a Belcebú que anda suelto por Salem buscamos a Dios, y nos buscamos?

 

¿Qué pasaría si de primates evolucionamos a los seres divinos que también somos?

 

¿Qué ocurrirá si nos paramos un momento y pensamos?

 


 

Como el babuino que soporta los golpes sin apenas resistencia, la víctima propiciatoria duda de su inocencia. El mecanismo del chivo expiatorio funciona si la víctima se considera culpable, y es muy difícil escapar de esto porque la proyección de una actitud sobre alguien hace que esa persona confirme con su conducta esta actitud, es decir, si me señalan yo adopto enseguida la postura del señalado, inevitablemente me pongo en ese lugar: la profecía autocumplida. El agresor, finalmente, se declara víctima de su víctima, mientras que los demás, si se les ocurre ponerse del lado del chivo, pueden correr su misma suerte, y lo saben.

 

 

Brujas, extranjeros, judíos, musulmanes, gitanos, albinos, homosexuales, locos… para evolucionar del rol de víctima solo debemos aceptarnos como diferentes. La aceptación es el primer paso del cambio. Estando orgullosos de esta distinción, nunca podrán contagiarnos con esta psicosis provocada por la frustración colectiva.

 


 

 

¡Seamos distintos!

¡Seamos nosotros, siempre!

Este es el único camino: ¡El nuestro!

 


 

CON MUCHO AMOR

A TODOS LOS CHIVOS EXPIATORIOS

DEL PLANETA

 


Último dibujo de: abajo como arriba