MI PRIMER GRAN VIAJE



Potosi, Bolivia

Potosi, Bolivia



Copacabana, Bolivia.

Lago Titicaca. Bolivia.

Aymaras de las riberas del lago Titicaca, Bolivia



La Higuera. Cerca de Vallegrande. Bolivia.


Río Guayaramirín – Entrando al Mato Groso, Brasil


MST- Movimiento de trabajadores Sin Tierras – Rondonia, Brasil
Asentamiento MST.



El Cusco. Perú.

El Valle Sagrado de los Incas. Perú.


Machu Picchu. Perú.


Tribu Bora- Bora. Amazonas del Perú.

Tribu Huitoto. Amazonas del Brasil.

Cartagena de Indias. Colombia.


Ciudad Vieja de Cartagena. Colombia.



A vela por San Blas. Panamá.


LETRA
Imposible de olvidar. Mi primer gran viaje fue el inicio de un largo recorrido que luego se me fue haciendo costumbre. Aunque hice simulacros años anteriores, adentrarme en mi Latinoamérica a principios del 2002 fue un intento que resultó. Fue un ir para ir, y seguir yendo. Por eso le llamo mi primer gran viaje, porque se trata de un inicio permanente.
De repente me vi en medio de una carretera sin saber dónde iba ni cuándo volvería. Solo era consciente de que estaba buscando algo. No sabía el qué. Intuía que tenía que ver con el mundo de las ideas: las mías, pero no sabía mucho más. Veía claramente el signo de interrogación tan a tono con mis veinticinco años de entonces, pero, era miope frente a las palabras que habitaban esos signos. Estaban como fuera de foco y, ajustando la mira, poco a poco, fueron llegando. Después de todo, esas palabras debí crearlas; son las mías. Y por eso aparecerían difuminadas, porque estaban, y no.
Para entonces hacía lo que hacían todos: repetir. Cuestionaba lo de muchos, criticaba más de lo mismo, leía opiniones, con algunas me identificaba, me sonaban, y muchas de ellas las fui creyendo como propias… Y, por eso me sentía vacía, porque no estaba; y quiero decir, mi cuerpo no se acoplaba a mi alma, más bien caminaba para otro lado.
Cuando comencé a intuir que debía seguirla, fue cuando me abrí al camino, y al principio fue duro. Bueno, miento, al principio de los principios, no; era la novedad. Viajar y conocer me deslumbró. Pero me refiero al principio de nuestro amor, el del mío y el viajar: del amor verdadero, ese que nace de la aceptación de la verdad; cuando deja de ser la ilusión y es hora de empezar a tirar el lastre y, pese a todo, nos queda el amor. Cuando me enfrenté a las sombras, cuando el camino se hizo laberinto, cuando el viento vino de proa, ese fue el principio de nuestra relación. Y fue duro.
En febrero del 2002 salí de Buenos Aires en bus hasta Salta. Realmente allí es dónde comienza mi viaje de aventura. Salir a dedo de entre medio de la Capital Federal es casi imposible. Por eso viajé hacia el norte, y así empecé.
Mi consigna, o estrategia (ya que solo me acompañaban 420 dólares) fue llegar hasta México con la solidaridad latinoamericana. Venía leyendo Las Venas Abiertas de América Latina, y estaba enamorada. Peregrinar por Latinoamérica fue un trabajo en conjunto. Un mosaico hecho de collas, aimaras, boyafrías, huitotos, chamanes, sombras de Guanacaste, yigüirros y palmeras.
Me pasó de todo. Ser joven, inocente, sin un duro y mujer sola era una bomba molotov, de esas que en cualquier momento explotan. De hecho, exploté muchas veces. Esquivando el peligro lo hice deporte. Trabajé para mi supervivencia, y morí muchas veces.
Bolivia simplemente me maravilló. Sus colores, el de la gran Madre Pacha y el de las mamitas. Sus caminos, la tierra roja del Beni, el lago del Sol y la Luna, el desierto de sal, entre esos montes subversivos de sueños y emboscadas. En Bolivia intuía que la cosa recién empezaba. En Bolivia sentí la VICTORIA.
Ya después vino el Mato Grosso, los ríos, los garimpos, boyafrías y sin tierras. En lo más profundo de Rondonia, conocí a campesinos que acariciaban latifundios removidos a machete y sin permiso.
Salí de Brasil por Acre, entré a Perú, fui a Paruro, y en un Inti Raymi caí en el Cuzco. A partir de entonces el sol siempre se me está acercando. Cuando llegué al Cuzco, no sé si fue el mismo día, quizá el segundo, caminando por sus inexplicables calles tan de magia, tan venidas de otros mundos, vi a tres hombres y por intuición sentí rechazo y di la vuelta para el otro lado, sin saber que cuando uno camina de este modo le da la espalda al peligro, y eso, muchas veces (o siempre), es aún más peligroso. Cuestión que me atacaron por detrás, me apretaron la nuez de la garganta (un método que utilizan por la zona para robar) y perdí el conocimiento por unos segundos. Cuando desperté ya no tenía mi chaqueta (en realidad no era mía, me la había prestado la familia que me hospedaba en su casa), me robaron parte del dinero (el poco que llevaba encima) y la cámara de fotos, es por eso que la documentación de este viaje es tan pobre. Porque así viajé, con una pobreza rica.
A los días, me adentré en el valle sagrado de los incas, camino a Machu Pichu. Recuerdo que tenía hambre. Muchísimo. Como nunca antes había tenido en mi vida. Sé que dije en voz alta – ¡Que aparezca comida! – y, a los metros, no exagero, un joven, sentado, contemplando el trigo cuando se mece con el viento, me miró, me saludó y a los pocos minutos de la charla me confesó que estaba famélico. Yo evidentemente le dije que también, y me respondió que no me moviera, que pronto regresaría, y se fue. Yo lo esperé, para entonces siempre pensaba que tenía todo el tiempo del mundo y, de hecho, en ese momento era así, era joven e inmortal, como siempre, la diferencia era que en ese momento lo sabía, ahora a veces lo olvido.
Tardó. Lo mío fue un acto de fe, porque me quedé ahí sentada a su espera un buen tiempo, no llevaba reloj, pero sé que Inti caminó un largo trecho a través del cielo, y regresó. Venía como saltando las montañas, así lo recuerdo. Algo traía en los brazos. Podía escuchar sus carcajadas de lejos: esas que nacen de la obtención de lo buscado, esas que empiezan cuando se nos está yendo el hambre.
Traía carne, como tiras de asado. Nunca olvidaré ese momento ofrecido por la gran Madre Pacha, venido desde esos horizontes que se pierden entre los trigales incas, o, desde el cielo, vaya uno a saber. Desde donde Inti, en los solsticios, regresa siempre a casa con las manos llenas de abundancia traída de otros mundos.
Y por eso digo que, a partir de allí, el sol siempre se me está acercando. Para valorar las cosas primero hay que perderlas. Es necesario saber lo que es la falta. Es necesario, y valga la redundancia, necesitar. Gracias a que me robaron, y que muy poco dinero llevaba, yo comí ese día como comen los dioses, desde esas altitudes que tienen los Andes y que nos elevan hasta Viracocha en un Inti Raimi que, en mi caso, comienza en el Cuzco.
Del misticismo de Perú, me fui al salvaje Ecuador; y de salvaje en salvaje me hice Amazonas, allá por Iquitos.
Del altiplano peruano me fui haciendo selva tropical y, así, llegué a Ecuador en un momento inoportuno; cuando el enfrentamiento guerrilla/paracos era a diario. Supe enseguida que no debía ni pisar el Putumayo y regresé a Perú y, por el río Huallaga, en Yurimaguas, alcancé el Marañón y, de río en río, llegué a Iquitos y de allí a Leticia como polizón* en una barca. Estaba en la triple frontera. Mi plan era volver a Brasil, y así a Venezuela. No quería ni pisar Colombia. Pero se ve que Colombia sí.
En esta triple frontera, Brasil me quería multar. Hacía unos meses atrás había salido de Acre. Un día domingo, temprano. No había nadie para sellar el pasaporte. Cuando pregunté a los vecinos, me dijeron que las salidas se gestionaban 100 kilómetros antes del límite fronterizo. Ese día estaba agotada. Llevaba las piernas infectadas por los mosquitos. Te imaginarás que no estaba para retroceder. Como vi que no había nadie en la frontera, entré a Perú sin permiso. Lo curioso es que salí sin problema. El lío lo tuve en Brasil cuando quise volver.
Ante esta negativa, en pocos segundos, pensé muchas cosas. Barajé alternativas. Plan 1: Volver a Perú. Eso sería retroceder: regresar a la Argentina. Lo descarté enseguida. Plan 2: Ir a Brasil. Eso era imposible, la multa estaba por encima de mis posibilidades. Plan 3: Entrar a Colombia. Eso significaba adentrarme en una de las zonas más peligrosas del mundo, por lo menos en aquel momento. Una locura. Sin embargo, la locura siempre fue mi única carta. Y seguí adelante. Y así, conocí yo a Leticia.
Viví en una maloca, en la comunidad de los huitotos. Escarbábamos en canoas los mil brazos que tiene el gran Amazonas. Dormía en una hamaca y los días eran largos y tranquilos.
De la selva llegué al Caribe. No fue nada fácil. Salir de Leticia era casi imposible, pero casi. Está rodeada de ríos con olor a pólvora. Los civiles podíamos solicitar que un avión carguero nos retire de la isla, pero, para ello, había que esperar. Y esperé. Así conocí a Sócrates: un mendigo que filosofaba, o un filósofo que mendigaba; o ambas cosas. Lo cierto es que él fue un regalo que me dio el Amazonas. Siempre recuerdo sus últimas palabras: – Cada vez que me recuerdes, ahí estaré. Y es cierto.
Embarcada en el avión carguero, floté sobre una tierra abundante, y por eso tan castigada. Llegué a Bogotá, luego a Medellín, y de Montería alcancé Sincelejo y, más tarde, me enamoraría de Cartagena. Fue mutuo. Esta bella ciudad es mi esmeralda del Caribe. Me devolvió la esperanza, la que había perdido cuando no aparecía ningún barco que me adentrara en esos mil azules que tiene el Caribe.
El velero no aparecía. Me habían comentado que de Portete salían muchos barcos contrabandistas. Había pensado en preguntarles si me alcanzaban a Panamá, y mi ingenuidad hizo que conociera La Guajira.
Pronto supe que un barco de este estilo no es muy confiable. Me fui a Caracas. Manifestantes inundaban las calles y se protegían de los gases lacrimógenos. Pregunté qué pasaba. Así bajé del camión. Venezuela entraba en golpe de estado. Esto fue el año 2002.
Me quedé unas semanas. Me acogió una familia. Buscaba la salida por la Guaira. Cada día iba al puerto. Se acercaron a mí todo tipo de personas con distintas propuestas. Me llegaron a ofrecer pasar cocaína en el estómago hasta Miami. Cuando escuché esto, al otro día, ya estaba encima de un camión idealizando, como nunca, a mi amada Colombia. Volví a Cartagena.
Si no fuese por el tapón del Darién: aquella selva espesa que une Panamá y Colombia y que, afortunadamente no se tocó, y por eso no hay carreteras…. Si no fuese por el caos sin fin de una maldita Venezuela… Si no hubiese contratiempos, tampoco bendiciones: El tapón me presentaba a San Blas y a los kunas, en una travesía a vela cuya tracción era con forma de alisios.
Ya después, Costa Rica… En el Pacífico, muy cerca de Montezuma, en Las Delicias, comencé a intuir que el viaje verdadero no tenía que ver con la geografía. Y me enamoré, y no me refiero a Costa Rica, aunque sí, también. Me enamoré de un artista que me propuso enseñarme su oficio, y acepté el trato, y otras cosas.
Cada tres meses tenía que salir de Costa Rica a sellar el pasaporte y volver a entrar. Una de estas veces quise seguir más allá de la frontera y, en Nicaragua, me fui a la isla Ometepe. Fui a recolectar café. Buscaba señales de mi cosecha: el trato de Delicias con el artista o mi idea original: México, y así besar a Latinoamérica de pies a cabeza.
Y volví a Costa Rica. No llegué nunca a Chiapas. Alguna vez me pregunté qué hubiese pasado en el otro camino. Pero enseguida vuelvo a Las Delicias y entiendo que, sin ella, esta no sería mi vida, sino otra.

















