La Tierra está viva y tiene una inteligencia: la Gran Mente Planetaria, que está conectada a nuestras mentes personales a través de una especie de cordón umbilical invisible. Todo lo aprendido, a lo largo de las generaciones milenarias, queda grabado en esta mente universal que, a su vez, responde a otras mentes, como matrioskas infinitas, en un juego que se reproduce, como la división celular.

 

 

La Gran Mente Planetaria


 

«El efecto del centésimo mono» de Lyall Watson ha sido discutido por falta de datos científicos, sin embargo, verdad o no, esta información ha resonado en muchísimas personas, como si un conocimiento interior nos dijera que eso es así. Es por ello que lo considero digno de mención:

 

En una isla de Japón estudiaron las costumbres de unos monos. Se les daba, por un lado, patatas limpias y otras con arena. Con el correr del tiempo, a un mono se le ocurrió enjuagarla en el mar y le gustó. Su comportamiento fue copiado por el grupo y cuando se alcanzó la masa crítica de cien monos lavando las patatas, ya pronto todos adoptaron la costumbre. Lo más curioso es que, en otra parte de la isla, otros monos, sin establecer ningún contacto, comienzan a hacer exactamente lo mismo. Y lo más sorprendente es que en otras islas también se pone de moda. Como sucedió cuando la humanidad levantó pirámides mortuorias en México, Egipto, China, Pakistán, Indonesia y tantos otros lugares remotos, inaccesibles y distantes unos de otros. O cuando los estorninos dan un giro de manera sincrónica y exacta, por instinto. Fenómeno que se repite y lo vemos en los cardúmenes de peces, las manadas o el florecimiento de prados enteros en primavera.

 

Los campos mórficos de los grupos sociales conectan a los miembros del grupo incluso cuando están a muchos kilómetros de distancia. En su libro «Perros que saben cuándo sus dueños regresan a casa» profundiza en la telepatía como un medio de comunicación animal. La telepatía, por lo tanto, no es paranormal, sino natural.

 

Rupert Sheldrake dice que las leyes naturales están hechas por hábitos que tiene el planeta. Que la naturaleza tiene memoria y que se comporta de acuerdo a sus experiencias de supervivencia. Él agrega que estos hábitos evolutivos se transmiten a través de una resonancia mórfica (el campo mórfico*): una mente que almacena nuestras respuestas y selecciona aquellas que le sirven para sobrevivir. Todo lo que sentimos, pensamos y hacemos va a parar a esta superestructura planetaria. Algo parecido a lo que expone Jung con el inconsciente colectivo.

 

Nos retroalimentamos con este campo planetario constantemente, aunque analizándolo mejor, es mucho más que una retroalimentación ya que esta separación es ilusoria. Sería algo así como que nuestras necesidades y realizaciones viajaran hacia el núcleo de la Tierra (que posiblemente esté dentro de cada una de nuestras células), mientras que el corazón del mundo siempre está viniendo hacia nuestra realidad, enviándonos importantes mensajes en forma de instintos.

 

La Resonancia Mórfica de Rupert Sheldrake propone que la memoria es inherente a la naturaleza y que se expresa en forma de hábitos. Y que los hábitos cuanto más se repiten más probable es que se conviertan en instintos.

 

Tras quince años de investigación, Rupert Sheldrake llegó a la conclusión de que el génesis de las plantas dependía de algo que se encontraba antes que los genes. Todo está sujeto a la organización de los campos. Lo mismo se aplica al desarrollo de los animales, y a todo en absoluto. En definitiva, todas las células provienen de otras células y todas heredan campos de organización. Sin embargo esta herencia no es estática. Va evolucionando. Los campos mórficos de los perros caniches se han vuelto diferentes a los de sus ancestros comunes: los lobos.

 

Entonces, ¿cómo se heredan estos campos?

 

Según Sheldrake se transmiten de miembros pasados de la misma especie a través de una resonancia no local, la resonancia mórfica. Y lo más sorprendente de su teoría es que los campos que organizan el sistema nervioso también se heredan a través de esta resonancia, transmitiendo una memoria colectiva e instintiva. Él dice que “cada individuo se basa y contribuye a la memoria colectiva de la especie. Por ejemplo, si las ratas de una raza en particular aprenden un nuevo truco en Harvard, entonces las ratas de dicha raza aprenderán el mismo truco más rápido en Edimburgo, Melbourne o Cochinchina. Ya hay evidencia de todo esto basada en experimentos de laboratorio (discutidos en “Una Nueva Ciencia de la Vida”).

 

Teilhard de Chardin* también tocó esos temas tan interesantes. Habló sobre la información que se genera de un grupo amplio de personas. Una especie de cerebro global que nos vincula de una manera que el consciente ignora.

 

El cambio de la humanidad, aunque influenciado por intereses externos, se ha dado siempre desde adentro, desde esa conexión que existe entre las mentes personales y la gran mente. Tenemos el poder. Depende de esta relación. Y esta dinámica es evolutiva. Así se mueve la vida. Cambiando. Adquiriendo nuevas ideas y nuevos hábitos. Sin apoyar las influencias externas. Re-novándonos.