La Llamada de Winston


 

Si queda alguna esperanza –escribió Winston- está en los proles. Porque, solo en esas masas despreciadas: el 85% de la población de Oceanía, podía generarse la fuerza necesaria para destruir al Partido. Este no podía derrocarse desde dentro. Sus enemigos, si es que los había, no tenían forma de unirse, ni siquiera de reconocerse mutuamente. Incluso, en caso de que existiera la legendaria Hermandad, resultaba inconcebible que sus miembros pudieran juntarse en grupos de más de 2 o 3. La rebelión se limitaba a un cruce de miradas furtivas o un breve susurro. En cambio, los proles, si pudieran ser conscientes de sus fuerzas, no tendrían necesidad de conspirar. Bastaría con que se encabritaran como un caballo que se sacude las moscas. Si quisieran, podrían volar el Partido en mil pedazos a la mañana siguiente, y sin embargo…

 

Recordó una ocasión en que, al pasar por una calle abarrotada, había oído un griterío de cientos de voces femeninas provenientes de un callejón que había un poco más adelante. Eran gritos de rabia y desesperación. El corazón estuvo a punto de salírsele del pecho.

 

Ha empezado ¡Un motín! ¡Por fin, se han rebelado los proles! -pensó Winston.

 

Cuando llegó a aquel lugar, vio que no era más que 300 mujeres que se agolpaban en torno a los puestos de un mercado callejero, con un gesto tan trágico como el de los pasajeros a bordo de un barco a punto de irse a pique. Hubo innumerables disputas individuales. Al parecer, en uno de los puestos se vendía cacerolas de latón, y encontrar cacharros de cocina era cada vez más difícil. Las existencias se habían agotado de pronto. Unas se escapaban con sus cacerolas, mientras las otras las empujaban y golpeaban. En un momento dado, forcejearon tanto que un asa se soltó. Winston las observó asqueado y, sin embargo, aunque sea solo por un instante, aquellos gritos venidos del fondo del callejón, habían sido aterradores. ¿Por qué nunca gritaban así por algo que tuviera real importancia?

 

GEORGE ORWELL


 

1 DE MAYO -2020.

 

Los mercados están abarrotados. Solo se puede comprar productos de primera necesidad y la gente se lanza a las góndolas como si no hubiese un mañana. Aunque, es verdad, que en días como hoy, eso nunca se sabe. Estamos haciendo todo lo que tenemos a mano para que el plan se concrete hasta el último punto. – ¡Habrá que ver qué pasa! – pensé entre mí; pero, al segundo, me apreté los labios, moví lentamente la cabeza de izquierda a derecha y de derecha a izquierda, cerré los ojos y suspiré.

 

 

En eso eché un vistazo al buzón de correo. Me escribía Winston. Cuando no me llamaba de improviso, me enviaba manuscritos como para burlar a la policía del pensamiento y a la telepantalla. Se cuidaba. No quería correr la misma suerte que Syme, quien veía las cosas con mucha claridad y lo decía todo con demasiada franqueza. Al partido no le gusta nada la gente así –subrayó-. A la primera, lo vaporizarán. Lo lleva escrito en la cara.

 


 

Los proles no son una preocupación. Se cree que para el 2050, probablemente antes, la vieja-lengua habrá desaparecido. Toda la literatura del pasado, habrá sido destruida. Incluso los slogans del Partido… ¿Cómo vas a decir “la libertad es la esclavitud”, si el concepto de libertad ha dejado de existir? El pensamiento será totalmente distinto. De hecho, no existirá pensamiento tal como lo entendemos hoy. Cada vez habrá menos palabras y, por tanto, el rango de la consciencia será cada vez más pequeño. La ortodoxia lleva a no pensar. La ortodoxia es la inconsciencia. La revolución se habrá completado cuando el lenguaje sea perfecto.

 

GEORGE ORWELL


 

Winston hizo mención a lo que un día le había explicado Syme. Lo noté obsesionado con todo esto de la neolengua. Era lo único de lo que hablaba últimamente. Como si aún albergara alguna esperanza con respecto a los proles, y todo este asunto de la revolución lingüística lo echara todo a perder. Debo reconocer que, por momentos, me sorprendía su inocencia que, quizás, solo utilizaba para no morirse de la pena. Puede que solo se tratara de pura supervivencia; no lo sé… Admito que me provocaba una cierta ternura. Un sentimiento que ya casi había olvidado. Algo inútil, como lo es siempre la esperanza: el último mal.

 

De inmediato, se resignó, rectificó y, como si nada, en la posdata, me escribió: «Hasta que no tomen consciencia, no se rebelarán. Y sin rebelarse, no podrán tomar consciencia». Y así terminó la carta; con esta conclusión que no me sirvió de nada. O sí… Porque, enseguida fui al mercado por chocolate. No vaya a ser cosa que racionen su consumo a veinte gramos por semana.

 

CONTINÚA