La Llamada de Winston – Escasez –


 

¿La vida siempre había sido así? –meditó

¿La comida siempre había tenido ese sabor?

 

La Llamada de Winston - Escasez

 

Recorrió el comedor con la mirada. En tu estómago y tu piel había siempre una especie de protesta. Una sensación de que te habían privado de algo a lo que tenías derecho. Winston no recordaba con claridad ningún momento en el que hubiese habido suficiente comida. Nunca había tenido calzoncillos que no estuvieran con cientos de agujeros. Tampoco recordaba haber estado en habitaciones bien caldeadas. Al pan blanco. El café que no tuviera mal sabor. El té que no fuera una rareza. O cigarrillos que no escasearan. Nunca había habido nada barato que abundara, salvo la ginebra sintética. Qué mejor indicio de que ese no había sido el orden natural de las cosas que a uno se le encogía el corazón por las incomodidades, la mugre y la escasez, los inviernos interminables, los ascensores que nunca funcionaban, el agua fría, el jabón áspero, los cigarrillos que se deshacían y la comida repugnante.

 

GEORGE ORWELL


 

7 DE MAYO. 2020

 

Pasan los días y a mí se me hace cada vez más vital el contacto con Winston. Ante la incertidumbre, comienzo a necesitar su compañía. Estoy pendiente del teléfono y del correo. Tras sus palabras, mi existencia cobra vida. Sentirme comprendida… que alguien pueda ponerle nombre a mis sentimientos, contradictorios y caóticos, se convierte en un acto de fe. Aferrarme a él… Recorrer, de su mano, los bosques del fondo del mar… Solo eso me queda.

 

-La percepción de escasez hará que todo sea inalcanzable. El agua, el aire… absolutamente todo, será un producto financiero. Se privatizarán, incluso, las almas. Pero pronto se acostumbrarán al sabor a ácido nítrico que tiene la ginebra de la Victoria y al aguachirle del estofado.

 

-Terminaré creyendo, con alarmante convicción, que la ignorancia es la fuerza, Winston. Saber solo trae disgustos y, sin embargo… ya ves, aquí estoy: escuchándote y resistiéndome al deseo de tirar tus palabras al agujero de memoria.

 

-No digas eso. Es mentira. Todo lo que te rodea se te mete hasta la tripa. El futuro distópico del que tanto hablamos, ¿lo recuerdas?… es ahora una realidad, una nueva. ¿Ya no quieres hablar de él? No solo es el olor a váter atascado y el desvaído de las calles que se llenan de espirales de polvo y papeles rotos. No… Se trata de las libertades individuales, Laura. ¿Es que, no lo entiendes? Todo cuanto había, ya es pasado; y el pasado…  ya sabes lo que el Partido hace con el pasado. Lo pulveriza. Quien controla el presente, controla el pasado. Ya hablamos de esto.

 

-¿El pasado? Y, ¿para qué quiero yo un pasado? ¿o un futuro? ¿Para qué los quiero, Winston? Si no tengo un presente, ¿para qué quiero lo demás?

 

-Te entiendo… yo también pasé por eso. Son estados comprensibles y fluctuantes. Pero, ahora, estamos hablando de algo grande, muy grande. La civilización, tal como la conocemos hoy, posiblemente se caiga de un hondazo. Las libertades individuales (las que quedan) se derrumbarán, en un efecto dominó. ¿No lo ves? Este acto de escribir, estará prohibido. Ya después, con las generaciones venideras, los emoticonos y los hashtags, será un acto inconcebible. Hay una palabra en neolengua: Vitapropia, que ya se eliminó de la siguiente edición. Quedó obsoleta, como Crimental y tantas otras. Mucho de lo que hay en nosotros, quedará pronto perdido dentro del polvo del desuso. Sin la palabra no habrá pensamiento, y sin pensamiento habrá inacción. Y tú… Tú no quieres eso, ¿verdad, Laura?

 

Me quedé pensando durante algunos días. Sus palabras vienen y van, como mi pasado y mi futuro. ¿Para qué estoy escribiendo? ¿Con qué fin he hecho y deshecho absolutamente todo en mi vida? De repente, ya nada tiene sentido.

 

 

Me veo dentro de la habitación, mientras observo por la ventana una tarde fría de mayo. Mi consciencia es la misma telepantalla de la que tanto me había hablado Winston. Me escruta, como si yo misma fuera una cámara que se empeña en grabarme, para recordarme. Quizás, no lo sé, el pasado-borrado vaya a parar a alguna parte. O, quién sabe, la palabra expresada pueda convertirse en un reducto en medio de la oscuridad. Tengo la sensación de caminar dentro de su pisapapeles de cristal mientras leo lo que había escrito Winston. El techo de mi habitación se convierte en la bóveda del cielo, y las paredes, los confines de un mundo dentro de este. Sin tiempo. Fuera de este presente infinito totalmente falseado. Sin futuro y sin pasado. Atrapado en la misma eternidad.

 

 

CONTINÚA