Marinera del Viejo Mundo

 

Navegar nos evoca libertad.

¿Quién mejor que la mar para

llevarnos a nuestras profundidades?

 


 

La mar y el viento ¿Qué más? – pensé. Más tarde fui viendo que para la libertad no se necesitan elementos porque ella no usa espacios, como tampoco es de este tiempo. Habita en otra dimensión. Se asoma, es cierto; la intuyo. A veces creo poder palparla, nunca atraparla. Se deshace en las manos. Se escapa entre los dedos, como el mar.

 

Con los años aprendí a amarla así, como es. Con esa forma sin pertenencias, con ese ahora está aquí y después… después no lo sé. Es ella, mi amante infiel, que me abandona cuando más la deseo y que se acerca cuando no la busco, cuando no la pido, cuando no. Es el NO.

 

Anda sin relojes, sin poses, sin permanencia. Es la renuncia, el cambio rotundo, la sin-costumbre, la a-normalidad. Y así, de a poco, comencé a entenderla. A quererla con sus negaciones y mis aceptaciones. A amarla sin prisa, sin devoluciones, incondicionalmente… como es ella.

 

Pero, como dije, hubo un tiempo en que sí la busqué. Me atrevo a decir que de una manera obsesiva. La olfateaba. Revisaba cada esquina. Supongo que su ausencia me hacían seguirla de una manera compulsiva. Se había convertido en una especie de amor imposible. La desilusión.

 

Marinera del Viejo Mundo

 

Y, como había visto que en tierra no estaba, me embarqué

y navegué a la deriva.

Y cuanto más la buscaba, más la perdía; y así la encontré.

 

 

En su momento, la idea fue muy romántica. Quería vivir viajando, cambiando de puertos. Con breves fondos. Siempre Avante y viento en popa. Pero los vientos también nos rompen de través. A veces vienen de proa. Podemos perder la polar en noches oscuras y capear temporales naufragando a tientas ¡Cuántas veces habré quedado varada, y rota, en muelles tan lejanos!

 

Marinera del Viejo Mundo

 

 

 

Mi primer embarque fue a las islas Baleares.

 


Formentera. La pequeña Pitiusa

 

Menorca

 

Menorca


 

Antes de esto, vivía en Barcelona. Me había conformado a ver los atardeceres pagando alquileres, y tras algún alambrado.

 

 

Marinera del Viejo Mundo

 

 

Marinera del Viejo Mundo

 

Barco Southern Cross.

Mi primer embarque

 

Marinera del Viejo Mundo


 

Recuerdo que, como suerte de principiante, tuve mi primera y única deriva. Volvíamos a Barcelona desde Mallorca. Estábamos a mitad de camino, era de noche y el temporal se acercaba. El viento, caprichoso, soplaba, y el Southern Cross: mi amada goleta, entraba de cabeza a la mar, y se sumergía.

 

Tenía unos 45 metros de eslora. El puente de mando estaría a unos 20 de la proa. Las olas llegaban hasta la cabina. En pánico, le pregunté al capitán si podíamos rectificar, quiero decir: dar marcha atrás y no entrar al corazón de la gran tormenta.

 

– No hay vuelta atrás. Estamos a merced de la naturaleza. Retroceder sería zozobrar. Las olas nos romperían de través y eso sería el final.

– Y, entonces, ¿qué? -le pregunté. Si estamos así sin haber llegado a lo peor, entonces, ¿qué nos queda?

– En momentos así, en la mar como en la vida misma, cuando ya nada podemos hacer, lo único que nos queda es tirar avante.

 

Hoy, cada vez que una situación me sobrepasa y se me acerca vestida de deriva, yo recuerdo sus palabras y sigo adelante: el único derrotero posible.

 

Marinera del Viejo Mundo


 

Vinieron después algunos otros embarques. Algunos sin trascendencia y otros sublimes.

 

Llegaba la hora de atravesar el Atlántico. Navegar el cuerpo del océano que me vio nacer no es algo que se da cada día. Cazamos las drizas y largamos escotas, otra vez, desde mi Mediterráneo.

 

Huelva. Andalucía, España


 

Costeaba Valencia, Alicante y Andalucía, y el estrecho de Gibraltar, en contracciones, me paría desde esas columnas que un día Hércules separó para llevar a Micenas al gran monstruo Gerión. En esa Tarsis, lugar inalcanzable, derivando sobre una Atlántida ya sumergida.

 

 

 

 

Denia. España

 

Anfiteatro romano, Cartagena, Murcia. España


 

 

Vientos alisios moviendo los vielos


 

Una emoción me navega en la sangre cada vez que recuerdo al estrecho. Y revive, con sonido de alisios, golpeando la corriente del Golfo: esta especie de río salado que surca los mares, cuyas orillas no son de tierra, piedra o arena, sino marinas. 

 

Descubría que el horizonte no era lineal, como pensaba. Me abrazaba, en círculo, por todas partes. Porque es redondo, como la mar, que es infinita. Y ahí, en medio de un futuro que se disparaba a todas las oportunidades, me dejaba llevar junto a un velero que me acercaba otra vez a América.

 

 

¡Y llegamos al Caribe! Tardamos tres semanas. Tantos días en medio de la nada es de una totalidad absoluta.

 

Las Antillas me presentaba a Antigua y después a Dominica, con sus casi extintos kalinagos* : el terror de los taínos hasta la llegada de los españoles.

 


Marinera del Viejo Mundo

 

 

Marinera del Viejo Mundo

 

 

Marinera del Viejo Mundo

 

 

 

 

Marinera del Viejo Mundo

 

 

Marinera del Viejo Mundo

 

 

Marinera del Viejo Mundo

 

 

 

 

Guadalupe. Antillas Menores. Caribe

Mercado de frutas. Guadalupe. El Caribe

 

 

Marinera del Viejo Mundo

Antigua. El Caribe

 

Marinera del Viejo Mundo

 

 

Marinera del Viejo Mundo

Antigua. Antillas Menores. El Caribe

 

Marinera del Viejo Mundo

 

 

Marinera del Viejo Mundo

 

 

Marinera del Viejo Mundo

 

Marinera del Viejo Mundo

 

 

Marinera del Viejo Mundo

Antigua. Antillas Menores

 


 

Marinera del Viejo Mundo

Curaçao. Antillas Menores. Caribe

 

Marinera del Viejo Mundo

 


 

Marinera del Viejo Mundo

 


 

Nos quedamos medio año navegando por las Antillas Menores. Acompañada por Curaçao, Santa Lucía, Sant Vincent y las Granadinas, por Dominica, Guadalupe, Antigua y Barbuda, San Martin y Martinica, yo buceaba en mis profundidades.

 

Fueron esas coordenadas, el factor tiempo o la perspectiva, lo que hizo que yo tocara el cuerpo de la libertad, justamente cuando abandonaba, otra vez, mi amado Caribe.

 

Supe, entonces, que siempre se nos estará apareciendo una especie de barca para cruzar a la otra orilla; y que, una vez alcanzada, habrá que desembarcar y seguir camino. La vida no es la barca, es la travesía. Aunque, hay quienes no saben esto y se fondean a su barco y ahí se quedan, viendo la vida pasar desde una «cómoda» orilla. Están también quienes se cargan la embarcación al hombro para emprender el viaje con el lastre a cuestas, sin embargo  hay otros, que desembarcan y se adentran en un camino que los lleva a otros mares, con nuevos horizontes, como albatros, planeando sobre nuestros viejos pasos, y desde las alturas, con la mirada del que vuela, poder ver a la barca, el horizonte y la estela, sabiendo que la polar: nuestro motor, no sea, quizás, una estrella, sino tan solo la luz que aún nos llega.

 

 

 

 

 

Isla Faial, Azores

Isla Faial. Las Azores

 

Isla Faial, Azores

 

 

 

 

Capelinhos, Faial. Azores. Tierra nueva formada en 1957 a partir de la lava de la última gran erupción.


 

 

 

Y, aunque ya he roto algunas aguas,

la marinera sigue ahí.

En ese lugar que tanto conoce la mar.

En esa otra orilla.

 

Sempiterna,

como el océano dentro de una caracola.

 

 


EL RELATO EN IMÁGENES