MARINERA DEL VIEJO MUNDO






Formentera. La pequeña Pitiusa

Menorca

Menorca


Barco Southern Cross.
Mi primer embarque



Huelva. Andalucía, España


Denia. España

Anfiteatro romano, Cartagena, Murcia. España

Vientos alisios en los cielos










Mercado de frutas. Guadalupe. El Caribe

Antigua. El Caribe


Antigua. Antillas Menores. El Caribe





Antigua. Antillas Menores

Curaçao. Antillas Menores. Caribe





Isla Faial. Las Azores



Capelinhos, Faial. Azores. Tierra nueva formada en 1957 a partir de la lava de la última gran erupción.

EL RELATO EN IMÁGENES
LETRA
Navegar nos evoca libertad.
¿Qué mejor que la mar para
llevarnos a nuestras profundidades?
La mar y el viento ¿Qué más? Más tarde fui viendo que para la libertad no se necesitan elementos, porque ella no usa espacios, como tampoco es de este tiempo. Habita en otra dimensión. Se asoma, es cierto; la intuyo, como en los sueños. A veces creo poder palparla, nunca atraparla. Se escapa entre los dedos.
Con los años aprendí a amarla así, como es. Con esa forma sin pertenencias, con ese ahora está aquí y después… después no lo sé. Es ella, mi amante infiel, que me abandona cuando más la deseo y que se acerca cuando no la busco, cuando no la pido, cuando no.
Anda sin relojes, sin poses, sin permanencia. Es la renuncia, el cambio rotundo, la sin-costumbre, la a-normalidad. Y así, de a poco, comencé a entenderla. A quererla con sus negaciones y mis aceptaciones. A amarla sin prisa, sin devoluciones, incondicionalmente, como hace ella.
Pero, como digo, hubo un tiempo en que sí la busqué. Me atrevo a decir que de una manera obsesiva. La olfateaba, revisaba cada esquina. Supongo que su ausencia me hacían seguirla de una manera compulsiva.
Y, como había visto que en tierra no estaba, me embarqué
y navegué a la deriva.
Y cuanto más la buscaba, más la perdía; y así la encontré.
En su momento, la idea fue muy romántica. Quería vivir viajando, cambiando de puertos. Con fugaces fondeos.
Recuerdo que, como suerte de principiante, viví una deriva. Volvíamos a Barcelona desde Mallorca. Estábamos a mitad de camino, era de noche y el temporal se acercaba. El viento, caprichoso, soplaba, y la goleta, entraba de cabeza a la mar, y se sumergía.
Tenía unos 45 metros de eslora. El puente de mando estaba a unos 20 de la proa. Las olas llegaban hasta la cabina. En pánico, le pregunté al capitán si podíamos rectificar, quiero decir: dar marcha atrás y no entrar al corazón de la gran tormenta.
– Estamos a merced de la naturaleza – me respondió. Retroceder sería zozobrar. Las olas nos romperán de través.
– Pero… si estamos así sin haber llegado a lo peor, entonces, ¿qué nos queda?
– En momentos así, en la mar como en la vida, cuando ya nada podemos hacer, lo único que nos queda es tirar avante.
Y hoy, cada vez que una situación me sobrepasa y se me acerca vestida de deriva, yo recuerdo sus palabras y sigo adelante: el único derrotero posible.
Vinieron después algunos otros embarques. Llegaba la hora de atravesar el Atlántico. Cazamos las drizas y largamos escotas. Costeamos Valencia, Alicante y Andalucía, y el estrecho de Gibraltad, en contracciones, me paría desde esas columnas que un día Hércules separó para llevar a Micenas al gran monstruo Gerión. En esa Tarsis, lugar inalcanzable, derivando sobre una Atlántida ya sumergida.
Después de tantos días en la soledad más absoluta, entendí que el horizonte no es lineal. Me abrazaba en círculo, y me contenía. Y ahí, en medio de un futuro que se disparaba hacia todas las oportunidades, me dejaba llevar en un velero que me acercaba otra vez a América.
¡Llegamos al Caribe! Tardamos tres semanas. Tantos días en medio de la nada es de una totalidad absoluta.
Las Antillas me presentaba a Dominica, con sus casi extintos kalinagos*. Acompañada por Curaçao, Santa Lucía, Sant Vincent y las Granadinas, por Dominica, Guadalupe, Antigua y Barbuda, San Martin y Martinica, yo buceaba en mis profundidades.
Supe, entonces, que siempre se nos estará apareciendo una especie de barca para cruzar a la otra orilla; y que, una vez alcanzada, habrá que desembarcar y seguir camino. La vida no es la barca, es la travesía. Aunque, hay quienes no saben esto y se fondean a su barco y ahí se quedan, viendo la vida pasar desde una «cómoda» orilla. O quienes se cargan la embarcación al hombro para emprender el viaje con el lastre encima. Pero hay otros, que desembarcan y se adentran en un camino que los lleva a otros mares, con nuevos horizontes, como albatros, planeando sobre nuestros viejos pasos, y desde las alturas, con la mirada del que vuela, poder ver a la barca, el horizonte y la estela, sabiendo que la polar: nuestro motor, no sea, quizás, una estrella, sino tan solo la luz que aún nos llega.
Y, aunque ya he roto algunas aguas con la proa,
la marinera sigue ahí.
En ese lugar que tanto conoce la mar.
En esa otra orilla.
Sempiterna,
como el océano,
dentro de una caracola.

















