Habrás visto alguna vez la imagen de los tres monitos sabios, ¿no?

¿Conoces su profundidad?

¿Sabes qué significa realmente?

 

Los Tres Monitos Sabios

 


 

Esta máxima se remonta al siglo XVII, utilizada en los antiquísimos templos de Japón, en concreto, es originaria de un pueblecillo de montaña al norte de Tokio. Su significado, que nos llega de las escrituras de Confucio, fue tergiversado. De haberse comunicado el misticismo que oculta, estoy convencida de que la humanidad sería otra. De hecho, casi todos nuestros males comienzan cuando hacemos totalmente lo opuesto a lo aconsejado por estos tres monitos sabios*. La verdad que hay detrás de esta imagen es mágica, espiritual y celosamente silenciada. No es conveniente que un rebaño se libere, ¿verdad?

 

Me atrevo a decir, sin exagerar, que la puesta en marcha de este valiosísimo proverbio podría solucionar todos nuestros problemas. Y voy más allá, no solo resolver conflictos, sino hacer verdaderos prodigios en nuestras vidas. Porque este símbolo no representa ver, oír y callar. Es mucho más que eso. Es un icono que, si lo instalas como hábito, verás resultados realmente sorprendentes.

 

El primer mono se llama Mizaru. Él cubre sus ojos y no puede ver ningún mal. El segundo de los monos se llama Kikazaru y, gracias a que tapa sus oídos, no escucha nada malo. Iwazaru, el tercero, se tapa la boca y con ello no puede verbalizar la maldad. Con esto, nuestros tres protagonistas nos enseñan algo crucial: «No veas al mal. No escuches al mal. No hables del mal». Son solo tres premisas, nada fáciles de desarrollar en estas sociedades tan alarmistas, sin embargo, si lo logras, notarás enseguida que te limpiarás. Si somos energía que vibra, imagina lo que podrá hacer contigo esta máxima. No por nada los sabios zen aún la practican. Ellos, como nadie, saben que si el mal no ingresa al sistema emocional, y por tanto físico, solo nos llegará «bien-estar».

 

El cuerpo tiende por naturaleza a la salud y a la armonía. Sin tóxicos, nuestro físico resolverá, por sí solo, cualquier virus, parásito o bacteria. Lo mismo pasa con el sistema emocional. Son, en efecto, las malas noticias las que construyen las crisis y todos los desastres. ¿No te resulta extraño que siempre haya problemas? ¿Será oportuno para alguien? ¿Estaremos co-creando desastres con pensamientos tóxicos que de algún lugar nos llegan y repetimos como un mantra?

 

¿Qué pasa si comes alimentos en mal estado? Tu cuerpo los rechaza y te intoxicas, ¿cierto? ¿Qué crees, entonces, que sucede cuando escuchas o ves el mal? Lo vomitas, como para limpiarte y desahogarte. Fíjate que la misma palabra ya te lo dice: des-ahogarte. Y, ¿qué crees que sucede con esas palabras si las crees y actúas en consecuencia?: ¿Tu realidad? Es simple.

 

Me encanta imaginar. Planteemos un ejemplo: los medios de comunicación, cierto día, comienzan a bombardear los periódicos y las emisiones de radio y tv con una primicia: «Crisis financiera sin precedentes amenaza con la quiebra de las principales entidades bancarias». Tú lo escuchas. Sientes miedo por tus ahorros. Apenas puedes, vas a tu banco y los sacas para ponerlos bajo tu colchón. Como es obvio, todos hacen lo mismo. ¿Qué crees que pasará? Pues quebrarán los bancos y así la economía se irá al garete, y tú, con ella. Ya después vendrán los buitres a nuestro «rescate».

 

Si te fijas, las noticias nos infectan día tras día, socavando un alma pura, valiente, llena de vida. Cuando no es una guerra, es una crisis, películas o videojuegos que distribuyen violencia, problemas de género, raciales, fronteras, hambre, enfermedades… Una serie interminable de males y tragedias. Mi pregunta es: ¿el ser humano es tan malo? ¿La vida es tan cruel? ¿Realmente lo crees?

 

Siguiendo este análisis, ahora te haré una pregunta, porque si sigues aquí es porque eres distinto a la media: ¿servirá de algo intentar cambiar tu contexto o quizás lo más acertado sea que el exterior no ingrese a tu sistema? Quizás, con ello, todo cambie.

 

No es fácil, lo sé. Muchas veces, aunque no quieras, te encontrarás envuelto en las malas noticias. De hecho, en Japón hay una costumbre: quien quiera contarte algo negativo, primero te deberá solicitar el permiso. Tú se lo das o no. Y aunque en nuestras sociedades nadie te anticipará nada, tú eres libre de desviar la conversación o acotar que no quieres seguir hablando de ello. Lo mismo con la vista. Muchas veces no podrás evitar ver algún maltrato o injusticia, pero te aconsejo que no te conviertas en el nuevo «Quijote de la víspera». Es mucho más productivo que focalices tu mirada hacia lo bello (si es que aquello que viste no lo puedes remediar). Ahora bien, lo que sí puedes controlar al cien por cien es al Iwazaru que llevas dentro. Y créeme que eso no es poca cosa, nunca subestimes la palabra. Lo que permanece es lo que se repite.