Por la Preservación del amor en el Tiempo

 


 

La crisis humanitaria que puedo ver y sentir a medida que recorro el mundo no está dada por las diferencias ideológicas o religiosas (esa solo es la excusa para manipular la opinión pública), tampoco tiene que ver con las fronteras mal trazadas, la destrucción de las selvas tropicales, la capa de ozono, las emisiones de carbono, los virus o la contaminación de la tierra y los océanos. No. El problema subyace estas aberraciones. Cala hondo y emerge desde el mundo que no se ve.

 

Nos enfrentamos en el siglo XXI a un gran desafío. Estamos en un punto donde la situación no da para más, donde es necesario que nos hagamos responsables de la raíz de todos estos sufrimientos y profundicemos en qué origina todo esto.

 

Todo lo que está experimentando el planeta, desde las guerras en Oriente Medio o África hasta las oleadas migratorias que llegan a Europa o se hunden en lo más hondo del Mediterráneo, las basuras que inundan nuestros mares y nuestros valles, el maltrato y abuso hacia todos los animales, incluidos los humanos…. Todo esto no son problemas sino solo sus síntomas. El verdadero origen de todo esto es la ideología materialista.

 

La concepción del mundo suscribe una estrategia vital basada en el individualismo y la competitividad en lugar de la sinergia y el apoyo mutuo. En el contexto del pensamiento darwiniano y freudiano sería legítimo perseguir objetivos egoístas y egocéntricos a costa de los demás. Esto refleja nuestra naturaleza basada en instintos muy primitivos, y creo que llegamos a un punto que es urgente dar un salto hacia nuestra evolución. Como dice Ervin Laszlo*: «todo sistema llega a un punto de inflexión en el cual se recrea o se destruye». Y en este punto clave estamos.

 

La premisa darwiniana “la supervivencia de los más aptos”, ha quedado atrás. Es necesario romper y recrear el paradigma. Lo que urge ahora es abandonar las actitudes basadas en la competencia, que solo trae envidias, celos y guerras. Nuestra crisis humanitaria no está dada por el efecto invernadero. El punto de partida de la crisis humanitaria es nuestro sistema de valores: este modo de sentir y pensar. Por ello, lo único que podría preservar nuestra especie es la revolución de la conciencia. Una transformación interior muy profunda.

 

Actuamos insensibles a lo que ocurre del otro lado del planeta, sin saber que mi nivel de conciencia influye en las vidas de todos los desconocidos y, a su vez, el sufrimiento de ellos condicionará mi futuro y el de las generaciones venideras. Se comienza a investigar, gracias al estudio de Rupert Sheldrake*, que no hace falta el contacto directo para modificar el mundo. El pensar y el sentir generan acción.

 

Peter Russell*, en el libro “La Revolución de la Conciencia”, comenta algo muy interesante. En un momento dado se plantea si ya es demasiado tarde para detener nuestra extinción. Se observó a sí mismo, tras treinta años de practicar meditación y analizar la conciencia de mil maneras distintas, y aunque ha evolucionado muchísimo, aún así sigue cautivo de antiguos hábitos mentales. Considera que ese aspecto de su mente basado en el ego sigue controlando la mayor parte de su vida. A pesar que ha sido una persona que deliberadamente se ha esforzado por evolucionar interiormente, le queda mucho camino para la iluminación. Entonces se pregunta: ¿De verdad hay esperanzas de que la humanidad pueda despertar?  Y si despertamos, ¿estamos a tiempo? Porque los problemas que ya se han generado en el pasado, siguen su curso. Los efectos, quizás, a esta altura, sean irreversibles.

 

Russell, en su discurso, planteó dos escenarios. El A: que se puede cambiar al mundo con un cambio de conciencia. Y el B: que es inútil. Que ya las cartas están echadas. Sin embargo, en medio de la desazón, recordó a una amiga yugoslava de Zagreb que vivió la guerra inmersa en el caos social y la devastación fruto de los bombardeos. Lo que hizo que ella pudiera superar la situación fue el poder sentarse con amigos a tomar una taza de té. Entonces Russell se preguntó: ¿Cómo desarrollamos la compasión y la atención por los demás? Y esta pregunta lo llevó al centro neurálgico del budismo. ¿Cómo nos liberamos de los temores, las ataduras y la prisión de nuestros mundos privados? ¿Cómo salimos de nuestro ombligo? La respuesta, entonces, lo dejó boquiabierto. Se dio cuenta que para resolver el escenario B había que hacer el mismo recorrido que el transitado por el escenario A. Para sobrevivir a estos momentos tan difíciles, necesitamos liberarnos de nuestro egocentrismo. Ahí está la clave: en un cambio de conciencian que nos aleje del paradigma materialista de la competencia y de “la supervivencia de los más aptos” para volvernos amorosos, solidarios y más verdaderos.

 

Cambiar la conciencia tiene valor en sí mismo. Quizás nos lleve a preservarnos en este grandioso planeta, o no; pero sea cual fuera el resultado, es el único camino.