Patitas Rotas

PATITAS ROTAS



 

Patitas Rotas

 


LETRA

 

Piti no era cualquier palomo. Ahí comenzaba su problema. A causa de su diferencia, debió entrenarse en su supervivencia y, sin embargo, hay combates que nos dejan mal parados, como lo dejaron a Piti aquella tarde, en la que lo rodearon entre todos, lo picaron, lo pisaron y lo arrojaron a un pozo tan hondo que casi llega al infierno.

 

A medida que intentaba escalar su propia tumba, su comunidad le tiraba tierra y fue gracias a esta tierra que pudo ascender unos cuantos metros hasta alcanzar el hocico de Max.
Max era un perro ratonero. Se guiaba por su olfato. Aparecía siempre en el momento indicado y fue así: haciendo palanca, cómo pudo desenterrar a Piti que, una vez que estuvo en la superficie, se arrastró con su pata coja sobre un camino que lo llevaba a su final. Con aquella desventaja física nuestro amigo tenía las horas contadas.

La comunidad de Piti había naturalizado el picotazo, el robo de migajas, el oportunismo y la falsedad. No eran conscientes de su brutalidad porque habían nacido en medio de ese entorno hostil y ya eran brutos. Vejar a Piti, torturarlo, atropellarlo y denigrarlo no les hacía ni cosquillas. Tal es así que verlo volver de su propio entierro fue toda una provocación. Al ver sus planes mortales frustrados se arremolinaron con furia a su alrededor para darle el toque final.

En eso apareció Digna: la humana que acompañaba a Max. Revoleando la bolsa de las migas fue contra los verdugos, quienes huyeron despavoridos saltando al son de los ladridos del can. Día tras día, lo fue alimentando y, así, Piti recuperó su fortaleza a medida que el vínculo crecía. Tanto crecía que, a la semana, apenas Digna pisaba la calle, Piti, desde el cielo o desde vaya uno a saber, aparecía sorpresivamente y aterrizaba en picado. La había fichado. Tenía una especie de radar que se activaba cada vez que Digna pisaba la acera. La vigilaba. La acechaba. No exagero cuando digo que, al mes, la relación se había transformado (por no decir trastornado) en un acoso derribo. Una persecución tan obstinada. Un acorralamiento tan obsesivo. Vamos que… Piti pronto podría sufrir la metamorfosis kafkiana y de palomo pasar a ser un dron espía. Algo sin precedentes en el mundo animal.

Digna comenzó a preocuparse y a poner límites. Ya salía sin la bolsa de las migas, doblaba para el otro lado, no lo miraba, lo ignoraba; y Piti, en su desesperación, arrulló y arrulló hasta que se resignó. Lo que para uno era una necesidad de atención, para el otro era la privación de su libertad. Lo cierto es que el palomo pronto olvidó de que Digna le había salvado la vida, y Digna pronto olvidó el placer que había sentido al tenderle la mano. Solo se echaron en falta cuando todo se hizo un recuerdo. Cuando ya no hubo tiempo. Al final, todo pasa y todo queda, como dice el poeta, porque ahí sigue Piti, sobrevolando aceras en busca de gente digna como Digna. Y ahí sigue Digna, buscando patitas rotas para ser curadas.

 


 

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