Muchas veces viajo por placer o por necesidad de aprender, lo que me hace viajera; pero más de una vez me sentí refugiada. Verte obligada a moverte de sitio para sobrevivir, lamentablemente, lo experimenté, y no exagero. 

 

Refugiados

 

Conozco ese espacio abismal que habita entre el viajero y el refugiado. Aunque es verdad, y hay que mencionarlo, los refugiados tenemos una gran ventaja que no todos tienen: elegimos. Siempre hay que tener presente a los olvidados de siempre, quienes no pueden partir. Quienes se quedan esquivando las balas, a merced del destino impuesto por la ley de la selva.

 

 

Refugiados

 

 

Refugiados

 

 

Refugiados

 

 

Refugiados

 


 

Cuando nos viene la imagen de estampidas de personas huyendo a Europa, es importante saber que solo llegan quienes pueden pagarlo. Los pasaportes tienen un precio, muy caro, por cierto. Seguramente el salir de la guerra te coma los ahorros de toda tu vida. Deberás dejar tu puesto de trabajo, tu casa y se dividirá la familia. Primero sale uno, y si tiene suerte, ya después vienen los demás. Hay un gran negocio alrededor de este inmenso dolor. Para comenzar la trata de personas, para seguir el negociado de la caridad y a partir de aquí se abre todo tipo de chiringuitos que lucran con estos movimientos humanos.

 

Existen distintas tarifas, no es lo mismo el precio de una patera a motor, que el de una patera a secas. Hay salvavidas y salvavidas. Hay pasaportes y pasaportes, algunos traen una especie de etiqueta negra que te da muchas chances en el caso que te reboten en el aeropuerto. Hay un menú muy amplio, se puede elegir. Eso dependerá de tus ahorros.

 

También hay refugiados y refugiados. Hay distintos estatus. No es lo mismo un refugiado de guerra que uno económico o político. Los hay encerrados y los hay libres, porque tampoco es lo mismo quienes sobreviven en un campo o en un squat de Atenas.

 

Un squat es el nombre que se le da a los centros ocupados y autogestionados por refugiados en Grecia. La mayoría en Atenas, en el barrio de Exarchia, lugar donde conocí al Cityplaza. Allí no hacen filas esperando que un paternalista voluntario le de un plato de comida. Ellos mismos se cocinan. Se dividen las tareas. Se sienten útiles. No piden permiso para salir (salvo los niños) y, sobre todo, crean. Ellos mismos hacen sus normas y las deshacen por votación. Lo más curioso del Cityplaza es que un día fue un hotel que «se había olvidado» de pagarle a sus empleados quienes, a los años, le ganaron un juicio. El juez resolvió que el dueño mantendría el contenedor, mientras que los empleados, el contenido. Un contenido que fue compartido con cientos de familias de la guerra que, para entonces, dormían en las calles.

 

 

Refugiados

 

 

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El año 2017 fue el momento de toda nuestra historia con el mayor número de personas que se encontraban en una situación de desplazamiento forzado. Desde entonces hasta hoy, pasaron muchas cosas. Comenzando el 2020, el mundo entero quedó confinado por la pandemia. Sin embargo el mal entre todos los males no afectó tanto a quienes «se quedaron en casa», sino a quienes estaban en tránsito. El foco de mayor peligro era Europa y, dentro de Europa, los más desfavorecidos fueron quienes estaban a la deriva.

 

A principios de marzo, Turquía abría sus fronteras y empujaba a los refugiados al viejo mundo (recordemos que en el 2016 se firmaba un acuerdo con la Unión Europea para acogerlos a cambio de seis mil millones de euros). Dentro de este panorama, Grecia suspende el derecho al asilo (estatuto del refugiado de la convención de Ginebra de 1951); y, como colmo de todos los colmos, Europa, con problemas sanitarios, cierra sus fronteras.

 

Afortunadamente tengo algunos amigos que se refugiaron en Europa . Ellos para mí no son los refugiados sino Nahla, Farhad, Mohamed, Motjaba, Hassan, Irfan, Fatima, Homan, Shannon, Mehmed, Ali… Tienen nombre. Tienen fuerza. Tienen mérito. Tienen gracia.