Nosotros, los vagabundos

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Siempre me atrajeron los mendigos.

De niña, desde la ventana del coche, aún recuerdo, cómo los contemplaba, absorta.

Ya después, de joven, me fui acercando a ellos y descubrí que tenían un montón de cosas para contarme.

Fueron siempre los chivos expiatorios perfectos. Por agentes sociales como ellos, nuestras sociedades han prosperado; hacinándose en grupos a la derecha y muy bien alineados, para fortalecerse y contrarrestar al miedo. Algo muy provechoso, por cierto, para los príncipes tan necesitados de ese “Divide y reinarás”. Y los mendigos siempre fueron estas víctimas propiciatorias que nos llevan a no salirnos del margen, queriéndonos convencer de lo maravilloso de nuestros barrotes dorados.

Mi primer amigo callejero se llamaba Héctor. Iba cada domingo a visitarlo, a la salida de la iglesia, donde pasaba la gorra. Según él, es el único momento de la semana que el prójimo practica la compasión; y ya después de misa comía por siete días.

Una vez lo invité a ducharse a casa. Tenia 93 años. Enfermó. Ya después me enteré que la mugre le hacía de sistema inmune. Pero se recuperó. Después ya me fui, y nunca más lo vi.

Me hice a la aventura y me interné en Latinoamérica. Quise experimentar el viento en la cara del que tanto me había hablado Héctor y me lo llevé en la mochila, conmigo. Aún lo guardo.

Comencé a estirar la mano. El arquetipo de El Loco se me había encarnado. Fue algo intuitivo. Aprendí sin manual. A cambio de las monedas, recitaba poesías y hablaba de cosas preciosas mientras que escribía garabatos en las hojas de los árboles que me encontraba en el camino.

Otro amigo entrañable fue Sócrates. Así se llamaba. Lo conocí en el Amazonas. Nos perdíamos en su orilla hablando de la selva y las estrellas, de unicornios y plantas mágicas que en toboganes te llevan a las nubes. Estar con él fue asistir a una cátedra de filosofía. No te exagero. Cuando lo invité a que se viniera conmigo, me contestó que no hacía falta. Que cada vez que lo pensara, allí estaría. Y, es cierto. Sócrates nunca se equivocaba, aunque me repitiera que solo sabía que no sabía nada.

La compañía de mis amigos vagabundos del mundo, me hicieron rica por un rato; por el rato que personas, como ellos, estuvieron cerca mío. La gente más sabia que yo conocí. Más allá de los catedráticos, universitarios, doctores y otros titulados. Ellos, con solo mirar el cielo, ya saben la hora exacta y cuando ha de llover. No necesitan relojes, periódicos, libros, diccionarios, GPS… No necesitan casi nada, por eso es que no tienen nada. Ya son ricos. Son dueños y señores del tiempo.

No están ocupados en fichar, cotizar, ligar, coleccionar… Están en otras empresas.

Será por eso que han desarrollado más de dos rutas neuronales, con las que cuenta la media: el sexo y el dinero.

¡Qué va! Ellos tienen más.

Supongo que por eso pueden llegar al cielo sin perderse en el camino.

 


 

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